JOAQUÍN SE DESESPERA
por Joaquín Cariño
por Joaquín Cariño
Fotografía de pexels.com
26 de junio de 2026
Me pasó no una vez, sino varias. En algunas han participado amigos, en otras, artistas aclamados de la ciudad. Si se tratase de una producción de esas que vienen de la Ciudad de México, sería más fácil expresar mi disconformidad, quizás por los kilómetros que nos separan, pero al tratarse de algo cercano, cuesta trabajo expresarse cuando la compañía de teatro local no cumplió mis expectativas.
Aplíquese a la disciplina que se le ocurra: puede ser la presentación de un poemario de escritores locales que nadie termina de entender, o la película filmada en la ciudad que se levantó con mucho esfuerzo y ganó un festival de cine que nadie conoce y que su único mérito es no ser chilanga.
Quiero compartir unos ejemplos, sin precisar nombres para no herir sensibilidades (incluida la mía):
Fui a una obra de teatro de título en latín y un slogan que prometía controversia. Dio la casualidad que trató de un tema que he estudiado con mucho entusiasmo y por algunos años, que aunque se vendió como basada en hechos reales a partir de experiencias de su autor, se quedó en un libreto muy superficial, lejos de ser polémico. El resultado no me gustó y me tocó cantinflear cuando me pidieron grabarme invitando a la gente a verla, pues había amigos en el staff y me entrevistaron para promocionarlo en redes sociales. Nunca llegué a ver tal video publicado.
Había fallecido una figura importante del medio artístico y se presentó una de sus obras a modo de homenaje póstumo (porque nunca a nadie se le ocurre hacerlos en vida). El texto quizás era lo más rescatable, lejos de ser el mejor de su autor, sin embargo las actuaciones fueron terribles. Desde el primer verso que se recitó me desconecté de la atmósfera que se hizo con las luces y musicalización. Era terrible y doloroso conforme avanzó, pues yo quería formar parte, como público, de la remembranza, pero sólo estuve incómodo la hora y cuarto que duró.
Así pues, he visto una veintena de cortometrajes que dan pena, bienales y trienales de arte que ni a tiendita de curiosidades llegan, performances ridículos y una horripilante presentación de “videoarte” que me motivó a escribir este artículo.
¿Qué debo decir cuando me preguntan mi opinión? Puedo mentir y quedarme con una rancia sensación de encajar en el gremio que quiero que un día también conozcan mi obra y la reconozcan. Puedo ignorar la pregunta o describir la obra como “una propuesta interesante”, aunque tampoco lo haya sido. Puedo ser honesto y compartir en privado una opinión fundamentada, con ánimos de aportar a su mejora. Puedo pararme a media función, exigir la devolución de mi dinero y salir de ahí a ocupar mi tiempo en otra cosa.
Puedo, puedo, puedo… pero, ¿quiero seguir siendo un chico bueno y agradable o un crítico despiadado? ¿Acaso no merece la pena criticar con más rigor a un conocido que a una producción foránea que compra espacios publicitarios con mayor facilidad? El no hacerlo anula el potencial de cualquiera y banaliza la ejecución de su técnica en su contexto.
Si voy a ser exquisito en un comentario, será para darle dignidad a los autores que buscan vencer el estigma que conlleva la etiqueta de “local”. No porque el contenido de mi crítica tenga valor, sino porque el simple hecho de recibir una crítica per se, es recibir credibilidad y respeto por parte del espectador que decide hacerla. Y entiéndase la crítica como análisis y reflexión desde el conocimiento.
El objetivo de la crítica es, o debería ser, analizar una obra desde el conocimiento, pero también la de acercar al público a las exposiciones o presentaciones. En contraste con la publicidad que sólo rescata lo favorable para su difusión y su objetivo es vender, la crítica involucra un análisis sobre la importancia de los temas que aborda y eso puede motivar a quienes no han visto la obra a hacerlo, pues rescata los aspectos más relevantes de por qué sí vale la pena (o no). Y para quienes ya presenciaron la obra, una buena crítica puede permitirles comprenderla de otra manera, ya sea con puntos de vista distintos o reflexiones que pueden enriquecer la experiencia del espectador.
Creo que el arte no está hecho “para gustar”, sino para experimentar la vida de una forma que no imaginábamos, aunque sea por unos instantes. ¿Qué decir cuando no te gustó la obra de teatro de tus amigos? Pues eso, que no te gustó, pero si podemos aportar algo, valdría la pena esforzarse.